sábado, 7 de marzo de 2009

TITO SCHIPA












LECCE, ITALIA, 2 DE ENERO DE 1889
NUEVA YORK, USA, 16 DE DICIEMBRE DE 1965


Raffaele Attilio Amadeo Schipa nació en Lecce, el 2 de enero de 1889, en el seno de una familia modesta en la región más pobre de Italia. Aunque fue un estudiante perezoso, desplegó un talento precoz para cantar. Se puede decir literalmente que “nació para cantar”. Como era de complexión delgada y bajito de estatura le apodaron “Tito” (Titus, en el dialecto Leccese significa pequeño o diminuto). A este apodo le debe mucho su gloria artística.
Fue de los pocos tenores italianos que conocieron el éxito a una edad muy temprana y, a diferencia de Caruso, sí llegó a ser “profeta en su tierra”. En la actualidad existe un Concurso que lleva su nombre, con sede en su ciudad natal. Su debut, aunque no muy afortunado, lo hizo en 1909, a la edad de 20 años, interpretando el papel de Alfredo en la Traviata en el Teatro Facchinetti de Vercelli. Su consagración definitiva la alcanzó antes de cumplir los 30 años, algo que no se ve con mucha frecuencia en la carrera de un cantante lírico. Por ejemplo, Pavarotti debutó a la edad de 28 años, y hasta los 33 años comenzó a ser un cantante ampliamente reconocido.
Es interesante saber que un “tenor ligero”, como lo era Schipa, haya tenido una carrera tan longeva como fructífera. Más cuando se entera uno que era un cantante con demasiadas limitaciones vocales. ¿Entonces, cómo un cantante así, logró convertirse en una figura de la lírica mundial? Para responder a esta pregunta voy a trazar unos paralelos entre Chopin y Schipa.
Chopin era un pianista de complexión delgada y apariencia enfermiza, que dada su debilidad física no podía competir con pianistas atléticos que “desfondaban el piano”. Sin embargo, fue declarado por Mendelsohn como el “virtuoso perfecto”. Sencillamente, Chopin suplió la fuerza con su encanto incomparable, al momento de pulsar las teclas. Dada la velocidad con que recorría el marfil del teclado muchos creyeron que sus manos llevaban un par de alas, o bien, que eran como serpientes. Su talento como compositor es punto aparte. Algo así sucedió con Tito Schipa, no poseía una voz demasiado potente ni con tonos musculares, tenía dificultades para las florituras, no alcanzaba a emitir un do de pecho, le faltaba fondo a su voz; en este sentido era demasiado estrecha, y si por si esto fuera poco, ni siquiera contaba con una voz particularmente bella o, en su defecto, con la suficiente fortaleza para producir los clímax vocales intensos, que caracterizan al estilo verista. No obstante se considera genio de la vocalidad. Su instinto musical lo colocó en un lugar privilegiado de la lírica mundial. Schipa, más que ningún otro cantante en la historia, supo sacarle provecho a sus dotes naturales, a base de ingenio e inspiración; al igual que Chopin, creó un estilo original y personalísimo para interpretar la música. Sin duda, en el arte interpretativo vale más gracia que fuerza.
Pavarotti llegó a afirmar que era veinte veces más importante poseer una línea de canto que cantar notas altas. Y efectivamente Schipa poseía una gran línea. Con un desarrolladísimo sentido de la musicalidad pudo superar todas sus limitaciones. “Era como un capitán que guiaba su barco (su voz) en medio de aguas turbulentas de una manera ejemplar”. Y siempre se mantuvo a flote sorteando un sinnúmero de dificultades vocales casi sin esforzarse. Al faltarle las poderosas notas altas, Schipa hilvanó las delicadas filaturas que acarician el oído. Al carecer de una voz densa en el registro medio, enriqueció su canto con sutiles alargamientos rítmicos y con exquisitos sombreados dinámicos. Tuvo la habilidad de encontrar el acento correcto para dar énfasis a una sola palabra o nota—o en cambiar repentinamente el color del tono, la dinámica y el ritmo que configuran una frase y en imprimirla para siempre en la memoria del oyente. Empleando estos efectos con un talento innato, nunca se vio forzado a estirar o romper la línea vocal. Bidu Sayao dijo que Schipa “cinceló las frases como un orfebre.”
Gracias a estos dones, Schipa se sostuvo frente a un ejército de tenores italianos. Sus grabaciones demuestran por qué pudo mantenerse codo a codo con otros cantantes carismáticos como Gigli, Martinelli y Lauri-Volpi. A cada aria o canción que interpretó, le puso como sazón su gracia y encanto incomparables. Él no tuvo necesidad de “tomar por asalto” a sus oyentes, como otros tantos tenores spintos o dramáticos. Antes bien, sedujo al público. En España los llamaron “el encantador”. También Chopin conquistó, o mejor dicho, sedujo, a los franceses, con “le charme” (el encanto) cuando arribó a París para radicar ahí. Y no sólo a los franceses sino a cualquier oyente de su tiempo, de hoy y de mañana. Su arte, se caracterizó, como el de Rafael, por su belleza apolínea, claridad, gracia, elegancia y refinamiento. Eso mismo puede decirse del ruiseñor de Lecce.
Schipa no sólo se mantuvo, digamos en la competencia, (aunque nunca fue considerado un real competidor, ni siquiera por Caruso) sino que despertó la admiración de sus demás compañeros de profesión. Beniamino Gigli llegó a decir: “Aunque muchos de nosotros (los tenores), en teoría, poseemos un potencial vocal mayor que el de Tito Schipa, hemos tenido que doblar nuestras rodillas ante su grandeza.” Efectivamente, Schipa fue el cantante que más provecho le sacó a su potencial vocal. En eso radica su grandeza. Hay una buena cantidad de tenores con una voz más atlética o musculosa que nunca lograron producir el mismo efecto que Schipa consiguió sobre sus oyentes. Y eso, si se considera, que tiene una considerable cantidad de grabaciones acústicas, entre 1913 y 1927, cuando aún no se habían revolucionado las técnicas de grabación en la industria disquera. Estas técnicas tan primitivas, ya de por sí ponen en desventaja a tenores como Schipa, Caruso e incluso Gigli frente a otros de una o dos generaciones posteriores, como Bjorling, Del Monaco, Di Stefano y Corelli.
La mayoría de estas grabaciones tempranas llevan el sello del talento artístico de Schipa: el fraseo elegante, la dicción clara y el estilo interpretativo agraciado. La acústica capta su voz en el fresco rubor de la juventud. Algunos tonos tienden a ser guturales y roncos—especialmente en los registros más graves—pero muchos flotan mágicamente sobre la respiración. Después, Schipa debió haber encontrado una gama más amplia de colores vocales y entonces, supo refinar su voz para efectos permanentes y, claro, ya pudo ejecutar los delicados diminuendos que se convirtieron en el sello de la casa de su arte vocal. Schipa demostró ser un maestro de la artesanía vocal cuando construye un legato fluido y lo modula con cambios constantes en los contornos dinámicos, y mediante expresivas expansiones y contracciones rítmicas. Los archivos de audio también documentan las limitaciones de Schipa. Evita el Do agudo, transponiendo un semi-tono abajo en las arias de Fausto (Salve dimora casta e pura) y La Bohème (Che gelida manina). Lo sustituye con un Si natural que no llega a producir un clímax vocal, comparable al que logran Jussi Bjorling y Mario del Monaco, respectivamente, en estas arias. La carencia de una técnica completa de florituras en el“Ecco ridente in cielo” toscamente fraseado, muestra que Schipa no podía trinar ni producir florituras con el dominio técnico de un virtuoso vocal genuino. No obstante, sus interpretaciones, de estas arias en particular, siguen siendo admiradas como ornamentos raros y preciosos de la gran opera.
Siendo Schipa de la cuerda de “tenor de gracia”, se especializó en papeles para tenor lírico, tanto del repertorio italiano como del francés, y en piezas de música ligera, incluso popular. Dominó a la perfección la canción napolitana e igual cantó en once idiomas diferentes siendo el italiano, francés, español e inglés, los principales. En el idioma español, para fortuna de todos los hispano parlantes, dejó abundantes testimonios de su arte incomparable: Por ejemplo, sus interpretaciones de A la orilla de un palmar, Un viejo amor, Quiéreme mucho, Amapola, Princesita, Ay, Ay, Ay, Granadinas y Valencia, entre otras, sirvieron de modelo a una pléyade de tenores mexicanos y españoles, tales como José Mojica, Alfonso Ortiz tirado, Pedro Vargas, Tito Guízar, Nicolás Urcelay, Néstor Mesta Chaires (su alter ego mexicano), Salvador García, Genaro Salinas (el tenor de la voz de oro), Alejandro Algara, Alfredo Sadel (el Schipa Venezolano), y Alfredo Kraus (el más digno sucesor de Schipa, durante la segunda mitad del siglo XX). Entre los tangos, destacan La cumparsita, Dímelo al oído, Dónde estas corazón y El gaucho. Su estilo interpretativo influyó sobre Carlos Gardel (su discípulo) y de ahí, a Hugo del Carril y otros grandes intérpretes argentinos, dejando una huella indeleble en el espíritu de este género musical.
Gracias a la influencia que también ejerció sobre tenores de la segunda mitad del siglo XX, como es el caso de Giuseppe Di Stefano, Carlo Bergonzi, Luciano Pavarotti y José Carreras (a través de Di Stéfano), puede considerarse a Schipa como una referencia absoluta para cualquier tenor lírico que aparezca en el orbe. Mientras los estilos interpretativos de Caruso, y aún el de Gigli, suenan algo anticuados para nuestros días, el de Schipa sigue siendo actual. Es sorprendente que Schipa parezca pertenecer a una generación más reciente. Durante una década llegó a ser coetáneo de Caruso. Éste lo oyó cantar en nueva York un año antes de su muerte.
Y ya que tocamos a Caruso, no puede pasarse por alto su importancia en la historia del canto. Ramón Vargas afirmó que todos los cantantes líricos actuales son hijos artísticos del gran tenor napolitano. Sin embargo, muchos de los tenores que he mencionado, confesaron sentirse ligados musicalmente a Schipa. Se puede considerar a éste como el prototipo del tenor anti-Carusiano, así como Chopin podría considerarse un compositor anti-germánico, particularmente anti-Beethoven o anti-Wagner (aunque éste fuera posterior). Gigli también se oponía a Caruso en la forma de interpretar la música pero no en los procedimientos. Martinelli, Lauri-Volpi y Pertile eran, claramente, afines a Caruso. Cuando éste falleció, en 1921, todos compitieron por la herencia. Schipa se la adjudicó, declarándose el sucesor de Caruso, cuando en realidad fue su más claro antagonista. Frente a la voz robusta, potente, llena de portamento, de Caruso; la suya fue una voz dúctil, dulce y aterciopelada, capaz de comunicar toda la gama de sentimientos humanos de un modo sutil, casi sugerente. Sin proponérselo, Schipa creó una escuela de canto basada en principios relativamente opuestos a los de Caruso. Esta corriente, llegó a predominar ampliamente en el ámbito de la música ligera o popular, desde la muerte de Caruso hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial. En este período se sitúa la época dorada en la carrera artística de Schipa. En el período de posguerra otra vez volvieron a predominar los tenores “vociferantes” como Mario del Mónaco, Franco Corelli, Jon Vickers y Plácido Domingo, que hoy pueden considerarse como claros sucesores de Caruso.
Schipa fue también uno de los cantantes más longevos de la historia, su trayectoria artística se sitúa desde 1909 hasta 1964, año de su muerte, abarcando un total de 56 años. Desde luego, después de cumplir los 60 años, grabó muy poco. Según crónicas, dio su último recital en Argentina, en 1954, consagrándose a la enseñanza en los últimos años de vida. Muchos de sus discípulos, fueron cantantes sobresalientes (uno de ellos, presumiblemente, fue el tenor mexicano Genaro Salinas). Cuando falleció, tuvo la satisfacción de ver que un heredero suyo, el excelso “tenor ligero” Alfredo Kraus, ya despuntaba como una de las grandes figura en el mundo de la lírica. También Kraus fue un artista sumamente longevo, porque, siguiendo la línea de su Maestro, se empeñó en interpretar un número de papeles estrictamente reducido dentro del repertorio. Por causalidad eran casi los mismos papeles que Schipa abordó con insuperable maestría. El error más frecuente en que incurren muchos cantantes es el de abordar papeles que no corresponden a su cuerda o que quedan un tanto fuera del alcance de sus posibilidades vocales. Schipa es el mas claro ejemplo de un tenor que sabía exactamente qué piezas se acomodaban mejor a su voz, y por ello mantiene un nivel de excelencia en todas y cada una de sus interpretaciones, según lo atestiguan sus numerosas grabaciones.
Como ejemplos, debo señalar una serie de interpretaciones, que a mi juicio, son referencias obligadas dentro del repertorio lírico: “Che faró senza Euridice (Orfeo y Euridice de Gluck); “Dalla sua pace” e “Il mio tesoro” (Don Giovanni de Mozart), ); “Ecco ridente in cielo” (Barbero de Sevilla de Rossini); “Tu che a Dio spiegasti” (Lucia de Lamermoor de Donizetti; “una furtiva lacrima” (L’elisir d’amor de Donizetti); “Pourquoi me reveiller” (El Werther de Massenet; “Ella mi fu rapita” (Rigoletto de Verdi); “E la solita storia” (L’Arlesiana de Cilea); “Rugiadose, odorose” de Scarlatti; “Marecchiare” y “A vucchella” de Tosti; “Passione” de Valente, “Mandulinate e sera” y “Torna Piccina mia”.
Sin duda, todo aquel que de jacte de ser buen cantante, tendrá muy en cuenta el legado de Rafaelle Atilio Amadeo Schipa, universalmente conocido como Tito Schipa. Este pequeño orfebre vocal, exquisito productor de tonos, es uno de los gigantes de la lírica de todos los tiempos. Por su perfil merece ser considerado “El Rafael del Canto”.

jueves, 5 de marzo de 2009

COSI FAN TUTTE



"Así hacen todas" o "La escuela de los amantes".

Música de Wolfgang Amadeus Mozart.
Libreto de Lorenzo Da Ponte.
Compuesta entre 1789 y 1790.

En esta ópera, de estilo bufo italiano, Mozart consigue resultados excelentes sin necesidad de tantos recursos como en Las bodas de Fígaro y Don Giovanni, sus otras colaboraciones con Da Ponte.

Così fan tutte se ha calificado en numerosas ocasiones como una "ópera geométrica", tanto musicalmente, por la disposición de sus arias, como por el argumento: dos parejas, frente a frente, Ferrando y Dorabella, Guglielmo y Fiordiligi, que a partir de los disfraces de ellos intercambian a las prometidas. En ambos extremos de la escala social, Don Alfonso, el viejo filósofo que está dispuesto a entretener su ocio jugándose cien cequíes para demostrar sus afirmaciones. En el otro extremo Despina, la criada lista, cuyo móvil es el dinero.


Ferrando y Guglielmo, dos jovenes oficiales, estando convencidos de la fidelidad de sus novias, Dorabella y Fiordiligi, aceptan el reto que les plantea un viejo amigo, Don Alfonso, apuestan cien cequíes y pondrán a prueba la fidelidad de las chicas. Fingen su marcha a la guerra para volver con disfraces exóticos y hacer cada uno la corte a la novia del otro. Pronto el juego picaresco se convertirá en algo serio y surgen nuevas parejas. Probada su traición amorosa, al final las dos mujeres son las engañadas. "Así hacen todas", resume Don Alfonso en la moraleja de este duro alecciónamiento y vuelve a juntar las parejas "correctas". Se hacen las paces pero queda la duda: ¿ Acaso no habrían sido mas felices las parejas "equivocadas" ?



Como casi todas las buenas comedias, Così fan tutte posee una considerable entretela crítica. Hay una mirada profundamente melancólica sobre esas dos nuevas parejas que podrían ser y no fueron, o sobre el retorno a compromisos añejos sólo porque la palabra está dada. Sin embargo, la fidelidad aparece también como algo positivo. Y la tolerancia. Lo cómico se mezcla con lo trágico, y los valores que se cuestionan, a la vez se reivindican. Los intérpretes afrontan, pues, situaciones complicadas. Servidas, además, con una música excelsa por sí misma y generadora de esa complejidad, de esa ambivalencia que los cantantes han de traducir.